amar es darse vuelta
& perderlo todo, si hace falta
Recién llego a mi casa. Volví hace instantes del cine, de ver Hamnet. No pienso hacer un spoiler de la película, aunque sea una historia conocida. Tampoco voy a hacer un análisis cinematográfico de lo que vi; a mí me basta con que mi profesora de pintura, con su pelo blanco cayendo en cascada en una trenza, sus manos llenas de óleo y su mate lavado, me recomiende algo para que yo lo haga. Confío profundamente en cualquier mujer a la que le vea en la cara restos de una vida vivida, con lo bueno y lo malo, y ella es una de esas mujeres. Podría recomendarme que camine hasta el fin del mundo y, si la recomendación saliera de su boca, lo contemplaría.
Me tocaron muchas cosas de la película. Algunas tan tiernas, tan mías, tan de E., inmortal, que aún no puedo elaborarlas. Pero la primera que me atravesó fue la mención de Orfeo y Eurídice, uno de mis mitos favoritos de la mitología griega.
Orfeo, hijo de la musa Calíope y dotado de un talento musical capaz de alterar el orden natural, contrajo matrimonio con la ninfa Eurídice. Desafortunadamente, la unión fue efímera. Poco después de la ceremonia, mientras Eurídice caminaba por el campo, fue acechada por el apicultor Aristeo. En su intento de huida, pisó una serpiente y su mordedura le causó la muerte instantánea.
Incapaz de aceptar la pérdida, Orfeo decidió descender al Hades para reclamar a su esposa. Utilizando únicamente su lira y su voz, logró hitos sin precedentes: convenció a Caronte para que lo cruzara en su barca, apaciguó al can Cerbero y detuvo los tormentos de las almas condenadas. Al llegar ante los monarcas del inframundo, Hades y Perséfone, Orfeo entonó un canto de tal magnitud que obtuvo una concesión extraordinaria: el permiso para que Eurídice regresara al mundo de los vivos, con una condición: debía caminar delante de ella y no volver la vista atrás hasta que ambos hubieran alcanzado la luz del sol.
Así emprendieron la subida: Orfeo por delante, Eurídice por detrás. El trayecto se realizó en un silencio absoluto, a través de senderos escarpados y sombríos. Orfeo solo escuchaba el latido de su propio corazón.
En el momento en que Orfeo cruzó el umbral hacia la superficie, fue presa de la duda sobre si Eurídice realmente lo seguía. Al girar la cabeza para comprobarlo, ella aún se encontraba parcialmente en las sombras del inframundo. Al romperse el tabú, Eurídice fue arrastrada de regreso a las profundidades de forma definitiva. Orfeo, tras intentar en vano regresar por segunda vez, se retiró a los montes de Tracia, donde vivió en soledad hasta su muerte, momento en el que su sombra finalmente pudo reunirse con la de su esposa en el reino de los muertos.
Muchas veces, a lo largo de mi vida, me he encontrado con el mismo relato en foros, en charlas, en libros, en ensayos: qué locura lo de Orfeo, qué delirio; si hubiese estado en su lugar, no me habría dado vuelta. Y Hamnet me recordó algo que sé desde el primer momento en que leí este mito, aún en mi infancia: amar es darse vuelta, siempre.
Claro que nos daríamos vuelta, porque es un acto reflejo, es inevitable. Amar es darse vuelta, es incomodarse, es anhelar, es romperse, es desgarrarse, es bajar al inframundo, es decidir volver a la tierra. Amar es chequear, es asegurarnos de que el otro sigue ahí, que forma parte de nuestro mundo, que hay algo más allá de los latidos del corazón.
Quien lee rápidamente juzgaría a Orfeo. Qué risa, qué idiota. ¡Se dio vuelta! Escucho que no te darías vuelta y me río: ¿realmente creés que tenés opción? No es amor. Si no te darías vuelta, no es amor. Es algo que sobrepasa las reglas, la obediencia debida, las imposiciones. Te digo más, Orfeo eligió darse vuelta. Tomó la decisión consciente de mirar hacia atrás, porque ahí estaba lo más importante de su vida. Me doy vuelta porque el deseo de saber que estás, que estás bien, es más grande que el miedo, que el terror que me da perderlo todo. Ese instante vale tantísimo; es el que llevás con vos a la tumba.
¿Somos realmente conscientes del coraje que implica atreverse a pelear con el mismísimo Hades para volver arrastrándonos por la persona que amamos? ¿Cuándo fue la última vez que sentiste algo así?
Si no te darías vuelta, dejame decírtelo de nuevo: jamás estarías en los zapatos de Orfeo, porque simplemente no es amor. Amor es darse vuelta. Tal vez Orfeo prefirió un segundo de certeza antes que una eternidad de sospecha. Tal vez el verdadero milagro no era que Eurídice volviera, tal vez el milagro era que alguien estuviera dispuesto a perderla dos veces


Lo primero que leo el domingo, qué cosa bella por favor ❤️
me caigo y me levanto cada vez que te leo. increíblemente cierta cada palabra que decirte, aguante vos, el amor, Orfeo, y ganar y ganar.